Los vecinos gitanos del edificio donde yo vivÃa antes (esos mismos que tenÃan aterrorizada a la tÃa de mi ex, fundamentalmente por existir y encima existir en el mismo distrito que ella) tenÃan una polÃtica vecinal que se basaba en el “vive, deja vivir y no me calientes la oreja”.
Eran en general una gente poco molesta, salvo por hablar muy alto y empeñarse en aparcar el cochecito del bebé de la nuera en el portal, y la bici del niño en la escalera. El hijo pequeño te sujetaba la puerta del portal en cuanto te veÃa llegar con bolsas, y siempre te daba los buenos dÃas, aunque faltaba al colegio más que Huckelberry Finn.
El hijo mayor llegaba a veces a las dos de la mañana, con su buga tó tuneao, subwofer evidente y ventanillas bajadas, compartiendo con todo el vecindario la pachangada de turno que llevara de banda sonora vital ese dÃa. Por otra parte, podÃamos jugar partidas de rol con la ventana abierta hasta las mil y ellos nunca se quejaban. Como decÃa el pater familias, “yo me levanto a las cinco de la mañana pá trabajar, y no protesto porque el imbécil ese ponga la ópera esa de los huevos por la noche. Cada uno en su casa, y a dejar vivir.”. El imbécil de la ópera era un vecino de mi misma planta al que nunca le vi la cara, pero que una vez nos pegó un berrido de la ostia durante una de nuestras partidas de rol porque le molestaba el ruido. Con lo fácil que hubiera sido un amable “podrÃan cerrar la ventana mientras simulan escenas de acción, por favor“. Esa noche estaba amonestando en la misma lÃnea “civilizada” al del buga sonoro. Movida, claro.
La filosofÃa de vive y deja vivir tiene sus lÃmites. No es patente de corso. Pero en general, estoy de acuerdo con el gitano padre.
Yo no persigo a la gente para que haga lo que dice que va a hacer. Yo, en todo caso, procuro dar mi opinión acerca de la corrección de sus decisiones si procede, y tampoco abuso. Pero parto de la idea de que la gente es mayorcita, y si dice que va a hacer X y luego no lo hace, tendrá excelentes motivos. O no tan excelentes, pero no creo que abrasarle le vaya a hacer bien.
Por contra, yo me siento a menudo auditada. ¿No ibas a…? Dijiste que… Creo que te vendrÃa muy bien, como siempre te digo, que…
Yo pensaba que las personas que te hablan asà eran extraordinariamente resolutivas y disciplinadas a la hora de cumplir lo que se proponen, con excepción de mi madre, que no lo es pero que da también esa clase de consejos no soilicitados. He descubierto que no, que mi madre encima es de las más consecuentes. Los amigos de la consultorÃa gratuÃta, del couching solidario, simplemente son unos listos. Suelen cerrar más la boca cuando se encuentran con la mala leche respondiendo “ya, y de lo tuyo ¿SE SABE ALGO, CANTAMAÑANAS?” . Pero yo soy como el gitano, procuro vivir y dejar vivir. Y yo no necesito meterle el dedo en el ojo al prójimo a la busca de la proverbial paja para olvidar que no tengo todo bajo control.
Y no es para pensar que el modelo del pico cándidamente vacÃo de exigencia es mejor. Las versiones que he conocido eran putos bultos con ojos sin arrestos ni ganas de llevar su vida a ninguna parte, pero lo bastante prudentes como para saber que la forma más sencilla de que no te recuerden tus compromisos fallidos es no pedirle a otros que se comprometan en nada. El modelo adolescente de instituto perpetuado hasta la jubilación, de ser necesario.
No deja de ser una forma de vida. Lamentable, pero que me deja en paz. Del agrado del gitano, en suma.
Existe una figura teórica de gente que no te da el coñazo pero que a la vez está dispuesta a apoyarte. Me refiero al apoyo práctico, que en el teórico todo dios es técnico titulado en estructuras. Gente que no necesita que le pidas, porque considera que se les pide a los extraños, no a los tuyos. Gente que te persigue para echarte una mano aunque tú no quieras, y que sabes que no te pasará factura. Es gratis.
Sé que existen, porque a veces los encuentro, y a veces yo soy una. No muy a menudo. Tampoco relleno el tiempo “descubriéndole la verdad sobre sus vida” a los pobres desgraciaos que tengo alrededor, asà que imagino que las cuentas salen.
Y luego está el que se coge una berza de la leche porque no le llamaste por su cumpleaños y le importa un carajo todo lo demás, pero es parte del gen gilipollas que se trastocó en la glaciación.