Una vez más, alguien metió al pobre animal en su seno, lo mantuvo caliente y se dejó acariciar el ego. El bichejo agradeció el asilo otorgando adulación y regalos, y ofreciendo a cambio la venta de trozos de los anteriores hospedadores.
El bobo, enternecido y adulado, le dio a cambio trozos de su propia intimidad, pues ¿cómo no sentirse halagado, conmovido ante esa pobre criatura, víctima de tanto aprovechado de su ternura y bondad? ¿Cómo no dar por bueno tanto sufrimiento causado por los otros, los malvados, los amenazadores, los ofensores de la virtud ?
Y mientras tanto, el bichejo va recolectando nuevos pedazos de este ya gastado alojamiento, para venderlos a la próxima sangre caliente que la mantenga a salvo del frío de su propio vacío interior. Cuando esto suceda, el bobo quedará perplejo, y puede que decida no ver nada, no creer nada, no aceptar nada.
O puede que se duela, y empiece a pensar que quizás lo que le fue narrado acerca de los bobos anteriores no sucedió exactamente así.
La Boba Primigenia de esta era, mientras tanto, come pipas, mira el espectáculo, mueve la cabeza con tristeza. Pero se alegra de no haber aceptado demasiados trozos de carne putrefacta de otros, así como de no haber confiado demasiados pedazos de sí misma. Pues Boba fue, y Boba se sabe, y eso no hay quien lo cambie.
Pero al menos, fue una Boba cautelosa ante el exceso de regalos.