Como Kierkegaard

+++ Si bien no se me escapa la popularidad del “ay, pena, penita, pena”, eso es como un paracaídas cerrado. No vale para aterrizar, aunque cuando saltas del avión parezca tan buena como cualquier otra cosa.

Sigue resultándome paradójico por qué hay personas que están encantadas de tener a su lado esa canción. Sobre todo, cuando juran y perjuran que ni defienden ni estimulan ese comportamiento. Pero les gusta como banda sonora de sus relaciones personales.

A mí me pasma siempre que puedas gustarles esa forma de ser y yo, a la vez. Y me entristece no gustarles yo lo bastante como para ser algo más que un añadido cosmético en su autoestima . Soy como Kierkegaard, bueno para llevar bajo el brazo pero malo para leer de verdad.

Algún día encontré a alguien a quien yo le guste de verdad, y que no sólo piense que le gustaría que yo le gustara. Bueno, y que también me guste a mí. Y que no se engañe a sí mismo.

Mientras tanto, me adapto a mi nueva situación, cómoda para todos y también para mí. Mi casa es bonita, mi trabajo es bonito y mi ciudad es bonita. Voy a cortarme el pelo, a comprarme un sombrero rojo y a salir a la calle otra vez. Y voy a seguir haciendo todo lo bueno que hacía, y voy a quererme más yo (todavía), y también a otros.

Y me voy a felicitar por ser lo bastante valiente para intentarlo, y lo bastante honesta para reconocer la derrota. Sales de la infancia al aceptar que no le gustas a todo el mundo. Y estás sentada en la madurez cuando aceptas que no eres lo bastante interesante para alguien para quien te gustaría serlo.

Creo que no soy Kierkegaard. Creo que soy Van Gogh. Pero como yo no estoy loca, compartiré mi talento con quienes quieran apreciarlo, y no me quedaré en una granja de mala muerte haciéndome atrocidades en la cabeza.

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