Archivar paraEnero, 2005

La rueda del despropósito-deudas

En algún lugar de Ghana.

Osei brilla como una fruta recién lavada mientras azota la maleza con el machete. Abrirse paso, un día tras otro, ésa es su labor y no necesita otra. Golpe, paso, golpe, paso, ni una palabra que corte el ritmo. Cantar, en todo caso.

Si Denkyira está cerca, es probable que cante alguno de los nuevos himnos religiosos que ha aprendido. Ellos dos son los únicos macheteros cristianos allí, y a los demás no les gusta oír las canciones de la iglesia. Dicen que los antepasados pueden enfadarse y permitir que el filo resbale sobre una pierna. Osei sabe que el Señor está con él y le protege, y no tiene miedo. Canta en voz alta cuando está solo, y en voz baja cuando su compañero no es Denkyira para no molestar a nadie.

Canta y reza. Mucho. Nunca parece ser suficiente.

Antes era más fácil. En los primeros días, cuando los evangelizadores se reunían con ellos en el pueblo y repartían sandwiches de pollo y Coca-Cola mientras hablaban la Palabra de Dios, todo era más sencillo. “Jesús te ama“, le decía el negro de ciudad que caminaba como un blanco. “El espíritu de mi bisabuelo me ama desde hace mucho más tiempo, y el del bisabuelo de mi bisabuelo. Ellos cuidan de la cosecha y de la fiebre. No digo que Jesús no sea bueno, pero no lo necesito”.

El misionero se encogía de hombros y le sonreía con dulzura, y continuaba diciendo hermosas palabras como perdón, amor, amistad y oración. El pollo estaba bueno.

Y entonces el crío pequeño enfermó y él perdió el campo de ñame de ese año y todo se puso muy mal. Los antepasados se habían vuelto sordos, y el negro-blanco seguía hablando de Jesús y de su amor y de su misericordia infinita. Jesús no se enfadaba si olvidabas verter una cucharada de tu comida en el fuego, ni quemaba tu cosecha si tus hijos no le veneraban. Jesús vino para salvarnos. También a Osei.

Así que se hizo bautizar, y los cristianos del pueblo le hicieron una gran fiesta y todo fue alegría. Y el hospital de la Misión trajo por fin más medicinas y el crío mejoró, y encontró su nuevo trabajo en la explotación forestal. Un buen trabajo, con un capataz español que no sabe ni decir “mierda” en un Akan correcto, pero que llega cada día con una sonrisa al tajo, como si nunca hubiera estado en un sitio mejor.

Y al principio, tener contento a Jesús era fácil. Pero luego ya no. Jesús nunca está contento del todo.

A veces, la hoja parroquial de la misión trae artículos que explican todas las cosas que molestan a Jesús, y él nunca más ha podido ir con una prostituta, y no es que fuera a menudo pero… A Jesús tampoco le gusta que bebas alcohol en las fiestas, o que fumes hierba. Sobre todo, el predicador no deja de recordarles en el sermón del domingo cómo “Jesús había sufrido mientras esperaba que ellos abandonaran a sus falsos ídolos”. Tal vez es esa la deuda que Osei no podrá nunca satisfacer del todo.

Osei ya no sabe qué hacer. Su esposa, que se convirtió con él y que le ve triste, le ha preguntado al pastor si Osei es un mal cristiano. “Nada de eso, es de los mejores de la parroquia. estamos encantados con él, es un buen hombre y hace mucho por esta comunidad”.

¿Entonces- piensa Osei -por qué siempre oigo decir que Jesús está triste ?