Archivar paraJunio, 2004

La rueda del despropósito-calor

Calle Gascas, esquina con Tintes, Cuenca.

Unos dedos largos y esbeltos bucean en el tazón. Once gotas de agua reverberan en su regreso a la superficie libre, jugando con la luz de la tarde en una danza de reflejos que resbalan por la piel de la cereza.

Parte del agua se derrama sobre la mesa de madera y crea un espejo improvisado en el que Andrea ve reflejada la cadenita de oro que siempre lleva en la muñeca derecha. Una motocicleta rompe el silencio de esa siesta perpetua en que se ha convertido el mes de agosto, quién será el audaz caballero que se atreve a cabalgar en esta tarde de sol de plomo fundido y cansancio. Debe de estar loco. Un poco, al menos.

La superficie de la cereza se rasga en los dientes de Andrea y el zumo caliente se desliza por su lengua primero, luego en su garganta se deshace en nada como todo lo demás. Cerezas. Le gustan a pesar de todo.

Porque se comen despacio, de una en una. No hay que pelarlas. No manchan los dedos, sólo los mojan. No ofenden el sentido de la proporción como las sandías o los melones, hortalizas venidas a más por el escaso coste de un poco de dulzor. No engañan prometiendo fuegos artificiales en el paladar como los bellos e insípidos melocotones de ayer. Y el acto de meter los dedos en el tazón refresca el alma de Andrea, suaviza el dolor de las quemaduras de esta canícula asfixiante y estas lágrimas calientes que se quedan dentro .

Y, si escapan, nadie pensará que son otra cosa que un poco de agua derramada sobre la mesa, improvisado espejo que refleja oro y cadenas.

La rueda del despropósito-encrucijada

En algún lugar de La Mancha.

El hombre está sentado a la sombra, con la espalda reclinada en un árbol. Frente a él, la ladera de la montaña desciende suavemente hacia el pueblo, las hileras paralelas de cerezos ansiando juntarse en algún lugar del infinito o quizá, simplemente, disfrutando de su geometría euclidiana en medio del caos de los barbechos circundantes.

Y es que los campos que rodean el huerto de cerezos están abandonados desde hace mucho tiempo. No es rentable explotar los frutales en esa comarca si contratas mano de obra ajena, y hacer el trabajo uno mismo es duro. Vivir un año entero dejándote la espalda en podas y desbroces, sin dejar de mirar temerosamente cada nube oscura que se acerca es duro. Pasar el invierno en ese pueblo medio deshabitado es duro.

Pero al hombre le gusta. Le gustaba. Le gusta. Él, que regresó al pueblo cuando todos los demás huían del campo y el tractor, convencido de que era el mejor lugar del mundo donde podía estar.

Y tenía razón. Trabajó mucho y, poco a poco, los cerezos abandonados tantos años perdieron sus ramas enfermas y sanaron sus cancros incipientes, florecieron con generosidad y se cargaron de fruta. El hombre arrancó los ejemplares demasiado viejos o enfermos y plantó renuevos, y el pastor que le miraba hacer desde el camino pensó:

- “Va a quedarse aquí, el estudiante…”

A veces le asaltaba la añoranza de la ciudad en la que había vivido en sus años de la Escuela de Agrícolas. Entonces, si no era época fuerte de trabajo, se ponía al volante y en dos horas estaba allí, telefoneando a los antiguos compñaeros para ir de fiesta, de cines, de charla… Era tan sencillo como eso. No les envidiaba nunca cuando hablaban de sus trabajos, sus sueldos y sus vacaciones. Tampoco ellos podían entender por qué él estaba en el mejor lugar del mundo, rodeado de los árboles que hacía crecer con sus manos, seduciendo a la tierra día tras día para que le alimentara. Haciendo milagros.

El hombre observa, sentado a la sombra, con la espalda reclinada en uno de sus cerezos. Un avión rompe la paz de la tarde con su estruendo, y el hombre mira la estela de vapor que deja en el cielo e imagina por un instante a los pasajeros que irán en él.
Pensaba que estaba en el mejor lugar del mundo. En la mejor tierra del mundo.
Pero hace dos meses que recibió una llamada de teléfono, la oferta de un billete de avión y una nueva vida en una isla de nombre exótico. Árboles nuevos, gigantescos y temibles con los que lidiar, especies llenas de la explosiva e impredecible vitalidad de los trópicos. Un lugar donde el agua del mar es tan azul que hace llorar de alegría y donde las tormentas devastan no ya la cosecha de un año, sino pueblos enteros. Un lugar donde la vida es tan salvaje y tan bella, tan singular, tan poderosa y tan cargada de promesas que jamás pensó que pudiera conocerlo fuera de los libros.

Los cerezos despliegan su belleza más estremecedora, dulces flores rosadas y ramas ondulantes, en un intento por recuperar el alma del hombre, como si supieran que ya está lejos y que su cuerpo le seguirá en breve.

El hombre busca en su bolsillo y relee por décima vez el mismo papel. Sus ojos están llenos de estrellas.