Aeropuerto de Pamplona
Rodillas que vienen y van, arrastrando bultos de colores que chirrían rítmicamente sobre el pulimentado pavimento. La Mujer Cálida le pasa la mano cariñosamente por la cabeza, y él responde con un balbuceo risueño. Apenas ha despertado unas pocas veces desde que la Mujer Cálida comenzó a abrazarlo, pero enseguida le gustó.
La Mujer Cálida se parece a Mamá. Huele de forma parecida, su voz suena parecida, pero no grita. La Mujer Cálida tampoco se enfada si él tiene hambre y llora. Y no olvida darle de comer.
Los recuerdos de Mamá se desdibujan en su frágil memoria. Tal vez no olvide, sin embargo, la noche en que su cuarto se llenó de gente grande y oscura, pero amable, que le cogió en brazos con cuidado y le habló con suavidad. A pesar de eso, él lloró, y Mamá también lloró, y algo ladraba sin cesar en alguna parte. Puede que nunca lo olvide, pero quedará sepultado bajo otra miriada de recuerdos.
La Mujer Cálida habla sola, con la mano en su oreja.
- Sí, en veinte minutos. Y menos de una hora de vuelo, así que ya puedes ir saliendo de casa.
- …
- Sí, está bien. El pediatra dice que la desnutrición tardará más en remitir, pero que ya está hidratado.
- …
- Ni hablar, no voy a dejar que se le acerque. Ya sé que es mi hermana, pero no voy a dejar que se le acerque. Tú no lo viste cuando la asistente social lo sacó de ahí. No voy a dejar que se le acerque nunca más. Me da igual que sea su hijo.
- …
- Sí, ahora lo es. Tienes razón. Te quiero. Te vemos en un rato.
La Mujer Cálida guarda algo en el bolso y se sienta en una silla de plástico gris. Con cuidado, lo levanta del cochecito y lo sienta en su regazo. La Mujer Cálida es muy cálida. Muy suave.
Y no grita nunca.