Archivar paraMayo, 2004

La rueda del despropósito-paz

Aeropuerto de Pamplona

Rodillas que vienen y van, arrastrando bultos de colores que chirrían rítmicamente sobre el pulimentado pavimento. La Mujer Cálida le pasa la mano cariñosamente por la cabeza, y él responde con un balbuceo risueño. Apenas ha despertado unas pocas veces desde que la Mujer Cálida comenzó a abrazarlo, pero enseguida le gustó.

La Mujer Cálida se parece a Mamá. Huele de forma parecida, su voz suena parecida, pero no grita. La Mujer Cálida tampoco se enfada si él tiene hambre y llora. Y no olvida darle de comer.

Los recuerdos de Mamá se desdibujan en su frágil memoria. Tal vez no olvide, sin embargo, la noche en que su cuarto se llenó de gente grande y oscura, pero amable, que le cogió en brazos con cuidado y le habló con suavidad. A pesar de eso, él lloró, y Mamá también lloró, y algo ladraba sin cesar en alguna parte. Puede que nunca lo olvide, pero quedará sepultado bajo otra miriada de recuerdos.

La Mujer Cálida habla sola, con la mano en su oreja.

- Sí, en veinte minutos. Y menos de una hora de vuelo, así que ya puedes ir saliendo de casa.
- …
- Sí, está bien. El pediatra dice que la desnutrición tardará más en remitir, pero que ya está hidratado.
- …
- Ni hablar, no voy a dejar que se le acerque. Ya sé que es mi hermana, pero no voy a dejar que se le acerque. Tú no lo viste cuando la asistente social lo sacó de ahí. No voy a dejar que se le acerque nunca más. Me da igual que sea su hijo.
- …
- Sí, ahora lo es. Tienes razón. Te quiero. Te vemos en un rato.

La Mujer Cálida guarda algo en el bolso y se sienta en una silla de plástico gris. Con cuidado, lo levanta del cochecito y lo sienta en su regazo. La Mujer Cálida es muy cálida. Muy suave.

Y no grita nunca.

La rueda del despropósito-soledad

Calle del Viento 23, Tudela

Luca escucha. Nació escuchando pero morirá sordo, como su padre. Él no lo sabe. Tampoco podría entender qué es el mañana. No es importante, por lo tanto.

Ella se marchó hace tan poco tiempo que el aura de su olor brilla en el pasillo como una estela de penetrante fosoforescencia. Luca la está oyendo al otro lado de la puerta, y la inquietud se abre paso en su imaginación. Cuando Ella sale, no se detiene y habla al otro lado de la puerta. Nunca se hace desear de una forma tan cruel. Casi nunca. Sólo a veces. Sólo cuando está fuera el macho que huele a pan.

Luca gruñe. Nervioso, camina hacia la cocina y bebe agua. Un bebé llora por encima del techo, pero nadie más que Luca parece oírlo. Igual que nadie más que Luca escucha a la hembra joven y herida que solloza en silencio por las noches al otro lado del muro del dormitorio. Luca no ha visto nunca su cara, pero sabe que es joven, porque su olor llega a veces en una ráfaga rápida desde el patio. Sabe que le duele, porque gime como un cachorro hambriento.

Luca fue una vez un cachorro hambriento, pero Ella lo llevó a otro lugar y todo mejoró. Por eso Luca no puede ver que Ella sufre. Y no sabe qué hacer cuando la oye llorar sobre la almohada o cuando se sienta durante horas en el sillón con la luz apagada y sin querer acariciarle.

Luca escucha de nuevo tras la puerta del recibidor. Silencio. Ella no tardará en volver, entonces. Luca sube de un salto a la cama y se acurruca sobre la almohada. Aun tiene su olor. Nada huele mejor en el mundo. Nada.

La rueda del despropósito-escaleras.

Calle del Viento 23, Tudela

Marcos regresa a casa manchado de harina y sudor a partes iguales. Eva se cruza con él en la escalera. Hablan durante dos minutos de cosas intrascendentes, mientras olvidan cuidadosamente preguntarse el uno al otro cómo pudieron equivocarse tanto.

El perro de Eva está enfermo. Marcos se torció un tobillo el domingo pasado en el partido, aunque ganaron. Ella tiene jaquecas últimamente. Ël no duerme bien por las noches. Cuídate. Tú también, a ver si quedamos a tomar un café. Claro, que no pasen cuatro meses esta vez.

Olvidan también preguntarse por qué siguen recordando el olor de la piel del otro con tal intensidad, o el ruido de las sábanas al deslizar los brazos por ellas buscando la próxima caricia. Dos besos. Adios.

Marcos continúa su ascensión al segundo B, pero se detiene de pronto.

- ¿Qué llevas puesto?
Eva sonríe.
- No te gustaría.

Un tanga, lleva un tanga. Tiene razón, no le gusta. Le pone nervioso.