Ishtar, Pamplona
A las seis de la mañana el alumbrado público compite con el alba en iluminar la entrada del local. No hay glamour que resista la cruel vulgaridad del camión de la basura junto al cartel de neón o el penetrante olor de letrina que llega del callejón vecino. Menos aun cuando a la vulgaridad circunstancial se suma la esencial; no es que la gente guapa haga cola para entrar aquí aunque no está tan mal si lo piensas, la bebida es buena.
La puerta se abre y emerge Guillermo, con los pies destrozados y la ropa apestando a humo, agotado, feliz de marchar a casa. Mañana (hoy) dormirá todo el día y sólo se levantará con la caída de la noche para ver un poco la tele y cenar algo de pescado a la plancha. El pan, tiene que comprar el pan que no queda y a saber cuándo vamos a poder hacer la compra, menos mal que la tahona abre pronto. Ojalá las zapatillas nuevas no le rozaran tanto, tiene los pies en carne viva esta noche. “Son fantásticas” le dijo Iván nada más verlas y es cierto, pero para la próxima procurará recordar que trabaja de pie.
La tahona está abierta, claro, y Guillermo empuja la puerta y se deja envolver por el olor a horno y madrugada. Los panaderos se afanan llevando y trayendo bandejas de un lado a otro, pasos de baile de una danza casi incomprensible para los no iniciados. El chico de los ojos claros le reconoce nada más entrar y sonríe.
- Hombre, Tarzán, ya te han soltado…
Se ganó el nombre la primera vez que se le ocurrió entrar a comprar allí. Llevaba una camiseta ajustada con un estampado de leopardo.
- ¿Qué te pongo hoy? Una pistola y… ¿Quieres probar estos bollos nuevos? Han salido de muerte.
Guillermo observa con atención cómo las manos enguantadas del chico de los ojos claros pesan una docena de bollitos tiernos y envuelven en papel una barra de pan, mientras siente una dulce laxitud abriéndose paso a través de su piel.
-¿Mucho trabajo esta noche? Bah, no te quejarás, por lo menos tú te pones morao de ver tías buenas, que nosotros aquí marujas con rulos y viejecitas todo lo más…
Casi nunca contesta más que con monosílabos, pero todos en la tahona le miran comprensivamente, conscientes de que lleva diez horas en pie. Las rozadurasde las zapatillas se han vuelto insoportables en esos dos minutos que ha pasado sin moverse. Le cuesta caminar sin cojear.
- ¿Qué te pasa? Ostias, cómo tienes los pies, pero si estás sangrando…
- No es nada.
- ¿Cómo que no es nada? Espera, que te busco un poco de esparadrapo y unas gasas del botiquín y por lo menos te las arreglas para llegar a casa sin que se te salgan las tripas por ahí.
Los ojos claros se desprenden de su higiénica vestimenta y se acercan a Guillermo con una caja blanca. Guillermo se sienta en una silla y se deja descalzar, mientras la sensación de dulce irrealidad le transporta a una dimensión donde su estómago cae dos pisos por debajo de él.
- Je, mira que tienes suerte que estoy en Protección Civil y sé hacer estas cosas… No puedes ir con una úlcera en los pies así y menos con calzado abierto, que puedes pillar cualquier mierda, Tarzán…
Guillermo siente un suave estremecimiento cuando se escucha llamar así, la más dulce nostalgia de lo que jamás ha sucedido le atrapa y quisiera abandonarse y flotar en esa cálida y embriagadora sensación para siempre.