Archivar paraAbril, 2004

La rueda del despropósito-armónicos

Ishtar, Pamplona

A las seis de la mañana el alumbrado público compite con el alba en iluminar la entrada del local. No hay glamour que resista la cruel vulgaridad del camión de la basura junto al cartel de neón o el penetrante olor de letrina que llega del callejón vecino. Menos aun cuando a la vulgaridad circunstancial se suma la esencial; no es que la gente guapa haga cola para entrar aquí aunque no está tan mal si lo piensas, la bebida es buena.

La puerta se abre y emerge Guillermo, con los pies destrozados y la ropa apestando a humo, agotado, feliz de marchar a casa. Mañana (hoy) dormirá todo el día y sólo se levantará con la caída de la noche para ver un poco la tele y cenar algo de pescado a la plancha. El pan, tiene que comprar el pan que no queda y a saber cuándo vamos a poder hacer la compra, menos mal que la tahona abre pronto. Ojalá las zapatillas nuevas no le rozaran tanto, tiene los pies en carne viva esta noche. “Son fantásticas” le dijo Iván nada más verlas y es cierto, pero para la próxima procurará recordar que trabaja de pie.

La tahona está abierta, claro, y Guillermo empuja la puerta y se deja envolver por el olor a horno y madrugada. Los panaderos se afanan llevando y trayendo bandejas de un lado a otro, pasos de baile de una danza casi incomprensible para los no iniciados. El chico de los ojos claros le reconoce nada más entrar y sonríe.
- Hombre, Tarzán, ya te han soltado…
Se ganó el nombre la primera vez que se le ocurrió entrar a comprar allí. Llevaba una camiseta ajustada con un estampado de leopardo.
- ¿Qué te pongo hoy? Una pistola y… ¿Quieres probar estos bollos nuevos? Han salido de muerte.

Guillermo observa con atención cómo las manos enguantadas del chico de los ojos claros pesan una docena de bollitos tiernos y envuelven en papel una barra de pan, mientras siente una dulce laxitud abriéndose paso a través de su piel.
-¿Mucho trabajo esta noche? Bah, no te quejarás, por lo menos tú te pones morao de ver tías buenas, que nosotros aquí marujas con rulos y viejecitas todo lo más…

Casi nunca contesta más que con monosílabos, pero todos en la tahona le miran comprensivamente, conscientes de que lleva diez horas en pie. Las rozadurasde las zapatillas se han vuelto insoportables en esos dos minutos que ha pasado sin moverse. Le cuesta caminar sin cojear.

- ¿Qué te pasa? Ostias, cómo tienes los pies, pero si estás sangrando…
- No es nada.
- ¿Cómo que no es nada? Espera, que te busco un poco de esparadrapo y unas gasas del botiquín y por lo menos te las arreglas para llegar a casa sin que se te salgan las tripas por ahí.

Los ojos claros se desprenden de su higiénica vestimenta y se acercan a Guillermo con una caja blanca. Guillermo se sienta en una silla y se deja descalzar, mientras la sensación de dulce irrealidad le transporta a una dimensión donde su estómago cae dos pisos por debajo de él.
- Je, mira que tienes suerte que estoy en Protección Civil y sé hacer estas cosas… No puedes ir con una úlcera en los pies así y menos con calzado abierto, que puedes pillar cualquier mierda, Tarzán…

Guillermo siente un suave estremecimiento cuando se escucha llamar así, la más dulce nostalgia de lo que jamás ha sucedido le atrapa y quisiera abandonarse y flotar en esa cálida y embriagadora sensación para siempre.

La rueda del despropósito-sola

Barra central del Ishtar, Pamplona.

Casi no hay clientes a esta hora, pero Lucía ya es el movimiento perpetuo. Los vasos surgen secos y transparentes de sus manos y se depositan suavemente en los estantes como mariposas. El tenue y breve vello de sus brazos está erizado; hace frío en el local ahora tan vacío, pero el jefe no quiere ni oir hablar de que empiece el turno arropada con una chaqueta. Sería como cubrir la deocración con una sábana.

Lucía mira con una casi inconsciente punzada de envidia a su compañero, protegido del aire acondicionado por una camiseta de algodón que le marca convenientemente la musculatura de los hombros. Parece mucho más difícil enseñar una generosa cantidad de escote y no morir congelada, piensa Lucía, y mecánicamente se echa la mano a la espalda para comprobar que la lazada que sujeta su diminuto top a su torso es doble. Hace dos meses, un cliente quiso hacerse el gracioso y tiró del extremo del cordón, dejándola desnuda de cintura para arriba.

Las otras chicas le dijeron que debería haberle tirado la cubitera a la cabeza y llamar a seguridad, pero Lucía se limitó a refugiarse en el almacén y llorar un ratito la humillación hasta que vino a buscarla Aldo para decirle que estaban a tope, que saliera ya. Hay jefes peores. También mejores, seguro.

Pero Lucía no va a salir a buscar uno, porque ella no es así, no se despide ni pide aumentos ni discute con los clientes babosos que le tiran trozos de hielo entre los pechos cuando están muy borrachos, ni odia a las chicas que la miran con desprecio por pesar los 49 kilos y tener la talla 95 de pecho que a ellas les gustaría. Lucía ya lleva el tiempo suficiente trabajando en sitios así y está acostumbrada. A veces, el trabajo es hasta bueno.

Pero no cuando él ronda su barra, la barra central con sus camisetas llenas de letras y pocos dibujos y su mirada errante. A Lucía le tiemblan un poco las manos cuando le sirve a él, pero lo disimula bien en medio de tanto trajín. Los clientes se hacinan en el mostrador gritando cosas incomprensibles y ella pone toda su habilidad en no establecer contacto visual con ellos y tener así dos minutos para charlar con él. Pero no sirve. Espera que vuelva a ofrecerse a acompañarla a casa a la salida, como hacía antes, pero no sucede. En cambio, ve como se escabulle de su vista en dirección al almacén acompañado de una muchacha rubia muy borracha, y a pesar del estruendo de la música le parece oir el click de la puerta al cerrase y el rítmico tañido del cristal de las botellas al chocar entre sí. En ese momento daría lo que fuera por no saber lo que está sucediendo, por no verle más…
Su compañero Guillermo le está gritando algo.
- Oye, Maike dice que le vendría bien cambiar a esta barra unos días y perder de vista a la pandilla del billar de la planta de arriba. A ti te vendría bien un poco menos de ajetreo. ¿Qué dices?
- No.

La rueda del despropósito-muda

Doctor Fleming 48, Pamplona

Vueltas y vueltas entre las sábanas intentando escapar del rayo de sol que la ciega y le grita que debe despertar, o tal vez es sólo un sueño o una alucinación etílica o qué más da. Huele a vodka como si cada uno de sus poros fuera un surtidor de almas en pena, burra idiota medio desnuda que no sabes ni servir una copa en condiciones, así te atropelle un tren, aspirante a go-gó de tres al cuarto.

Pero había alguien más en la barra con la borrica, sí, y todo es confuso y ella no olvida por el alcohol así que no está despierta y ¡oh!, esa espalda con el poema de Panero en la camiseta en vez de las estrellas rojas que pueblan los conciertos de niñatos clase media con mala conciencia…

Mamen pestañea. No, no está despierta aunque pueda abrir los ojos. O quizás sí, pero no sobria. Vuelve a cerrarlos. El concierto. Mariano. Tono. Carlos, más triste que de costumbre, las francesas lo tienen a mal traer igual que las navarras, no te jode jajajajajajaja. Y tres horas de cerveza y tres más de vodka con naranja y el chico de la barra y la cabeza da vueltas pero claro, el baño, fuiste al baño y el poema de Panero vino detrás y qué diablos le dijiste sus ojos no era guapo pero hubieras querido devorar cada centímetro de su piel y cómo te miraba. Y algo debió decir y lo que decía era bueno de oir y Luis mirando con cara de pena pero qué quieres, no puedes obligar a alguien a ser libre de sí misma y luego lamentarte que te jodan, la puerta del baño estaba rota y raro, no había nadie claro era el almacén.
Y eras tú quien le había seguido y no al revés, pero él cerró la puerta tras de ti y sus labios sabían a deseo y cansancio de la noche y a ti te temblaban las piernas y todo daba vueltas.
No eras así antes, niña, qué te pasa, qué se está abriendo paso a través de las grietas de tu piel y dios qué dolor de cabeza, mi reino por una aspirina y su mano entre tus piernas subiendo hasta tus bragas y las tuyas buscando la cremallera de los pantalones y el filo de la caja de cerveza clavado en tus abdomen y ni siquiera te enteraste de qué te hacía pero tú ya eras líquida y aire y tensión y explosión por ti misma .
Algo cambia, algo sucede día tras día y ella entorna los ojos y mira su mano, la grieta de su mano y la piel escamosa y parda que se abre paso a través y quién diablos soy ahora no sé, cambié o me cambiastéis o fue entre todos y me gusta y cae la humanidad, sólo queda la bestia que se arrastra por cinco segundos el mundo se funde entre sus piernas.

Vueltas y vueltas entre las sábanas húmedas de sudor. Cuando se levante, horas después, una traslúcida colección de escamas marcará su estancia.

Mitos de nuestro tiempo: Los chicos malos se lo llevan todo crudo IV

Las chicas buenas.

Un breve post para abundar en la cuestión que quedó insinuada en el anterior. Empezaremos por una simple pregunta. ¿Cuántos roscos se comen las buenas chicas?

Por buena chica definamos la superamiga comprensiva, que no le calienta la polla a nadie, que siermpre está dispuesta a oir las penas de sus amigos y dar buenos consejos, y, dependiendo de la edad, que no bebe, fuma ni se droga.

Bien, responderé a esa pregunta. Por supuesto, cada vez que abra las piernas, habrá un macho dispuesto a metérsela. El que el macho pueda a veces ser un dudoso híbrido entre el orangután y el sapiens no es óbice, ya que macho es. La pregunta, por tanto, no sirve.

Cambiémosla por ¿Cuánta atención reciben las buenas chicas a cambio de un potencial favor sexual? Y la respuesta ahí sí cambia. Los tíos estarán más que dispuestos a hacer el doble mortal con tirabuzón, recorrer kilómetros, arrastrarse como sapos en pos de una chica, pero no suele ser la que hemos descrito arriba. ¿Cuál es la agraciada?

Como Gárgola híbrida y sin alineamiento definido, no puedo decir que tenga la clave. Hará falta algún mascarón de proa que me la dé, quizás. Perp puedo echar mano de los recuerdos. ¿Cuáles eran las gracias que adornaban a las chicas por las que bebían los vientos mis colegas adolescentes?

¿Tal vez la inteligencia y el sentido del humor? No, la más inteligente (seguramente, que nunca se sabe al 100%) era yo, aunque hice lo posible por no hacer ostentación y gracias a eso me mantuve en la zona alta de la lista de potables.
La de mayor sentido del humor era mi mejor amiga, completamente desalojada del ranking por medir 1´77 con 16 años. Sí, señores. Por alta.

¿Tal vez la bondad y la ternura? No, había una que era claramente mejor gente que la media. Puesto penúltimo.
¿El ser la colega más leal, dispuesta a todo por echar un cable? Ni hablar. Era la primera a la que se podía dejar en la cuneta en caso de sobrecarga.

Podría seguir con el listado de cualidades, pero será más corto examinar los dos puestos de cabeza. Pásmense, señores, porque tengo la piedra filosofal.

La número uno tenía… ¡UNAS TETAS DESPAMPANANTES! Trepa como ella sola, capaz de saltar de tío en tío hasta quien pudiera asegurarle una vida de no dar chapa y conducir cochazo (lo consiguió, por si os pica la curiosidad). Buena figura en general, eso sí, además de la pechuga.

La número dos era… ¡RUBIA! Rubia ceniza, natural (nos conocíamos de niñas y no había tinte por enmedio, doy fe). Podía ser bastante mezquina con el prójimo. Pero era rubia. Había otra rubia en el grupo, pero era más ñoña que los geranios de la Barbie, y para colmo hermana de uno de los chicos. O sea, que como si hubiera tenido el pelo verde…

En cada grupo de adolescentes hay listados como éste, y a menudo la gente de los primeros puestos es bastante más presentable. Seguramente en este también, si lo miro con perspectiva, sólo que ninguna de las dos tuvo tampoco muchas más oportunidades, voluntad o imaginación de hacer cualquier cosa que no fuera su papel.

Por supuesto, eso no significa que no hubiera acoso y derribo del resto de hembras. El listado sólo mide el “grado de arrastramiento al que se está dispuesto a llegar por tener rollo con” . En mi medio, la cosa era, cuando menos desconcertante. Pero recordarlo sirve para algo.

Para desovariarme de la risa cuando oigo la tristeza de los santos varones amargados porque las tías no apreciamos en ellos las cualidades que ellos no aprecian en nosotras. O apreciaban, que igual la cosa ha cambiado.

Claro que ha cambiado, caray. Las esperanzas adolescentes de un futuro repleto de sexo han dejado paso a la triste y adulta realidad: la cosa está mu mala. Así que ahora uno se arrastra ante lo que se ponga a tiro XDDD.

Con lo cual queda respondida la pregunta. En general, las buenas chicas se comerán prácticamente el 80% de los roscos que les apetezca, si no se aturullan con pendejadas del tipo “es que claro, esto es hacer de furcia y no está bien, que yo debo buscar algo profundo”. Bienvenidas a la madurez, hembras. Aprovechadla.