Carretera A-63, St Pierre d´Irube
Ayer telefoneó su hermano para decirle que ya había comprado las entradas del concierto y oye la que vamos a liar, qué ganas de ir contigo otra vez como en los buenos tiempos. Sonaba como el Mariano de siempre, no el híbrido con voz rara con el que ha discutido sobre la herencia de la abuela el mes pasado.
Carlos mira por el retrovisor una vez más, temiendo ver el coche de la Guardia Civil en cualquier momento. Si se mantiene en los 140 por hora llegará a Pamplona antes de que anochezca, pero la velocidad tiene sus riesgos. De momento no parece haber señales de multa. Y no es que el dinero sea lo más importante. Porque no lo es, le da igual que digan que el metal separa hasta a los mejores.
Carlos sabe que Mariano es la única persona del mundo en la que puede confiar, pase lo que pase. No es que se tomara muy bien que él marchara a trabajar a Lyon, pero seguro que lo acabará asumiendo y volverán a ser amigos como antes. Los mejores amigos. Cuando los dos estén dando saltos en el concierto de Dragon Lord con el resto de la cuadrilla, todo volverá a ser como debe ser.
La cazadora de cuero comienza a vibrar en la cafetería de la estación de servicio. Carlos coge el teléfono.
- ¡Qué sentido de la oportunidad, tío! Cinco minutos más y me pillas conduciendo otra vez.
- Ya ves, hábil que soy. Oye, sobre lo del concierto, tú habías hablado con Mamen también para ver si venía ¿verdad?
- Pues sí.
- Verás, resulta que le dije a Tono que le cogería entradas también a él y se me olvidó, y ahora no tengo entradas para todos. Ya sabes que Tono y Mamen no se conocen mucho, pero si hablas tú con Mamen seguro que lo arregláis, que ella siempre pilla entradas de más para estos casos. No te importa ¿verdad?
- No, claro, ahora mismo la llamo.
Carlos busca el número de Mamen en la agenda y marca. Mamen no contesta. Es igual, lo intentará más tarde.
Ciento veinte kilómetros y cinco intentos de llamada más tarde, Carlos sigue sin saber si puede asistir al concierto con los demás. Tiene la sensación de haber comido algo en mal estado, aunque no hay dolor, ni náuseas… “Joder, Mariano, qué huevos tienes, encasquetarme a mí el marrón de las entradas cuando soy el que viene de fuera. A ver ahora cómo lo arreglo si Mamen no me coge el teléfono.”
Podría llamar a Mariano y contarle la situación, pero no lo hace. Con el mal rollo general también se abre paso en su cabeza la idea de que Mariano le está haciendo polvo, sin pretenderlo, claro, pero sin que tampoco le moleste mucho. Mira qué puedes pensar idioteces, por favor, Carlos….
Carlos no consigue hablar con Mamen a tiempo, pero asiste al concierto igualmente gracias a que paga una cifra astronómica por una entrada de reventa. Se pasa el concierto apoyado en la barra con una cerveza en la mano mientras ve a un tío con la misma cara de su hermano pegar saltos con sus amigos. Los dos días siguientes, Mariano no hace más que decirle que se anime y no ponga esa cara de perro. Carlos no entiende cómo Mariano, el mismo que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que él no tuviera que irse a Lyon, el mismo tío que propuso marcharse con él aunque tuviera que dejar la Universidad, se complace en prepararle estas pequeñas putadas una detrás de otra. Tampoco quiere entender por qué a él, que siempre las ha visto venir, Mariano le cuela el gol cada vez.
- Porque le quieres mucho, idiota, y no quieres levantar alambrada en esa dirección.- le dice su novia- Prefieres llevarte la misma ostia una y otra vez a aceptar que él es capaz de hacerte daño por acción u omisión. Tú mismo, cariño.
Cuando habla así, como si le leyera desde dentro, María le da miedo. Y le cabrea. Le cae mejor cuando no acierta.