Archivar paraDiciembre, 2003

La rueda del despropósito-traición

Carretera A-63, St Pierre d´Irube

Ayer telefoneó su hermano para decirle que ya había comprado las entradas del concierto y oye la que vamos a liar, qué ganas de ir contigo otra vez como en los buenos tiempos. Sonaba como el Mariano de siempre, no el híbrido con voz rara con el que ha discutido sobre la herencia de la abuela el mes pasado.

Carlos mira por el retrovisor una vez más, temiendo ver el coche de la Guardia Civil en cualquier momento. Si se mantiene en los 140 por hora llegará a Pamplona antes de que anochezca, pero la velocidad tiene sus riesgos. De momento no parece haber señales de multa. Y no es que el dinero sea lo más importante. Porque no lo es, le da igual que digan que el metal separa hasta a los mejores.

Carlos sabe que Mariano es la única persona del mundo en la que puede confiar, pase lo que pase. No es que se tomara muy bien que él marchara a trabajar a Lyon, pero seguro que lo acabará asumiendo y volverán a ser amigos como antes. Los mejores amigos. Cuando los dos estén dando saltos en el concierto de Dragon Lord con el resto de la cuadrilla, todo volverá a ser como debe ser.

La cazadora de cuero comienza a vibrar en la cafetería de la estación de servicio. Carlos coge el teléfono.
- ¡Qué sentido de la oportunidad, tío! Cinco minutos más y me pillas conduciendo otra vez.
- Ya ves, hábil que soy. Oye, sobre lo del concierto, tú habías hablado con Mamen también para ver si venía ¿verdad?
- Pues sí.
- Verás, resulta que le dije a Tono que le cogería entradas también a él y se me olvidó, y ahora no tengo entradas para todos. Ya sabes que Tono y Mamen no se conocen mucho, pero si hablas tú con Mamen seguro que lo arregláis, que ella siempre pilla entradas de más para estos casos. No te importa ¿verdad?
- No, claro, ahora mismo la llamo.

Carlos busca el número de Mamen en la agenda y marca. Mamen no contesta. Es igual, lo intentará más tarde.
Ciento veinte kilómetros y cinco intentos de llamada más tarde, Carlos sigue sin saber si puede asistir al concierto con los demás. Tiene la sensación de haber comido algo en mal estado, aunque no hay dolor, ni náuseas… “Joder, Mariano, qué huevos tienes, encasquetarme a mí el marrón de las entradas cuando soy el que viene de fuera. A ver ahora cómo lo arreglo si Mamen no me coge el teléfono.”

Podría llamar a Mariano y contarle la situación, pero no lo hace. Con el mal rollo general también se abre paso en su cabeza la idea de que Mariano le está haciendo polvo, sin pretenderlo, claro, pero sin que tampoco le moleste mucho. Mira qué puedes pensar idioteces, por favor, Carlos….

Carlos no consigue hablar con Mamen a tiempo, pero asiste al concierto igualmente gracias a que paga una cifra astronómica por una entrada de reventa. Se pasa el concierto apoyado en la barra con una cerveza en la mano mientras ve a un tío con la misma cara de su hermano pegar saltos con sus amigos. Los dos días siguientes, Mariano no hace más que decirle que se anime y no ponga esa cara de perro. Carlos no entiende cómo Mariano, el mismo que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que él no tuviera que irse a Lyon, el mismo tío que propuso marcharse con él aunque tuviera que dejar la Universidad, se complace en prepararle estas pequeñas putadas una detrás de otra. Tampoco quiere entender por qué a él, que siempre las ha visto venir, Mariano le cuela el gol cada vez.

- Porque le quieres mucho, idiota, y no quieres levantar alambrada en esa dirección.- le dice su novia- Prefieres llevarte la misma ostia una y otra vez a aceptar que él es capaz de hacerte daño por acción u omisión. Tú mismo, cariño.

Cuando habla así, como si le leyera desde dentro, María le da miedo. Y le cabrea. Le cae mejor cuando no acierta.

La rueda del despropósito-adicción

Rue Eugêne Blanche 78, Lyon

El interior de la galería estaba helado, y Jean Luc agradece los tímidos rayos de sol que rozan sus párpados cuando sale a la calle. Sube el cuello de su chaqueta para protegerse del viento helado que agrede a los viandantes camino de sus casas, pero no es suficiente. Aprieta el paso mientras piensa en sus guantes olvidados en el asiento del coche y aparta la vista de los letreros que jalonan la fachada. A través de las vitrinas llegan la luz y el bullicio, la llamada del cobijo cálido y suave que le susurra desde su interior que lo merece, pero no escucha.

La tarde está cayendo y el portafolios pesa cada vez más. No está muy satisfecho de su visita a la galería de arte, cada vez le parece más lejana la posibilidad de esa exposición de grabados. No quiere desanimarse, pero no le gusta nada el modo en que la directora se ha referido a las “dificultades imprevistas”. Es sólo un montón de mierda, por supuesto, palabras vacías y Chanel por todas partes con el mismo ojo crítico para el arte que un babuino, y no debería importarle perder una oportunidad ofrecida por una imbécil así.

Al fin y al cabo, no es cuestión de dinero. Los de Blacksmith le telefonearon la semana pasada para proponerle realizar la portada de un videojuego destinado al mercado asiático. No le llevaría mucho tiempo y conseguiría dinero para tirar un par de meses sin problemas. Una puerta se abre a su derecha, y por un instante una oleada de calor, bullicio y olor a ginebra le envuelve. Jean Luc no se ha detenido y la puerta se ha cerrado tras él sin atraparle. (Bien. le dice la voz de Francine en su interior).

Podría telefonearles al volver a casa y decirles que acepta el trabajo. Y pedirle a Francine que se tome cuatro días de permiso para escaparse juntos a … ¿Oslo? ¿por qué ha pensado en Oslo? No cree que haya nada en Oslo que le interese, debe ser que le gusta el nombre. Oslo… suena bien.

Jean Luc se echa a reir, y en su cerebro, que sólo sabe ver la vida en imágenes, las letras de la ciudad se superponen a un ninja que sostiene una estrella de metal en una mano, mientras sostiene con la otra a una mujer desmayada. La mujer tiene las ropas destrozadas, pero sus hábiles harapos se las arreglan para tapar sus pezones y su sexo dejando al descubierto todo lo demás. “La ropa de las hembras de portada es siempre mucho más lista que ellas” piensa, y una risa estúpida suena en sus oídos, y aunque sabe que es la suya no loparece. Si tiene que dibijar otra hembra de pechos imposibles abrazada a un idiota musculado y sin rostro se le atrofiará del todo el talento. Qué mierda…

Son las siete. Francine ya habrá aterrizado. Podría llamarla y decirle que la echa de menos. Si encontara un teléfono público (no, Jean Luc, no sigas por ahí) o mejor un bar con cabina, le sentaría bien un (no, Jean Luc, lo vas a echar a perder, estabas haciendo un buen trabajo con esto) café.

Jean Luc levanta la vista y ve unas letras pintadas en un toldo. Se detiene. A su lado hay una puerta con un tirador de latón, y a través del cristal todo se ve muy agradable. Jean Luc entra en el bar, deja su portafolios apoyado en la barra y (ay) le dice algo al camarero.

Tres horas después la puerta se abre de nuevo y vomita a un hombre a la calle semidesierta. El hombre rebusca con desgana en sus bolsillos y saca unas llaves. Su forma de andar es extraña, aunque sólo lo notaría alguien que le conociera bien, y en Lyon no le conoce nadie, por eso nadie le detiene cuando mete la llave en la cerradura del coche al segundo intento y sube al asiento del conductor.

El hombre enciende el contacto y arranca el vehículo sin acordarse de encender las luces. El motor le suena raro. Un acceso de hilaridad le acomete y grita algo sobre víboras en los cilindros entre carcajadas. El coche se pone en marcha y desaparece.

En el bar, un camarero examina un portafolios azul. Al abrirlo, los papeles se desparraman por el suelo y los recoge, pero no puede evitar que se manchen de barro.

- ¿Ahora te dedicas al arte, Carlos? – pregunta un parroquiano con sorna.

El camarero da vueltas en sus manos a uno de los papeles, sin decidirse sobre cual es la orientación correcta del dibujo.

La rueda del despropósito-intercambiable

Cafetería del Hotel America, Amsterdam.

Elisa se aparta un mechón de pelo oscuro de la frente con la mano derecha, mientras sostiene un teléfono móvil con la izquierda y pulsa las teclas de avance para leer el final del mensaje. Francine se sienta en la silla de enfrente, después de depositar con habilidad un vaso de zumo de naranja, un café con leche y un croissant en la mesita atestada de cestitas y sobrecitos.

- Me paso la vida esquivando margarina y mermelada en los hoteles. Si al menos me gustaran… ¿Otro mensaje?

- Sí

- No te quejarás, chica. ya quisiera yo que mi novio fuera tan atento. La mitad de las veces ni se acuerda de qué días estoy en París y qué días vuelo. ¿Qué dice?

- Que éstos han sido los dos años más maravillosos de su vida, que la casa está muy vacía sin mí y que me echa de menos.

-¡Ay, qué bonito, Elisa! Pero chica, qué seria estás… Yo estaría dando botes de alegría. No es que me queje, Jean Luc es muy bueno y le quiero, pero es tan frío a veces… Creo que se programa la alarma del móvil para que le avise una vez al mes, y entonces me dice que me quiere. De lo más romántico.

- Bueno, no todos los hombres son igual de expresivos. Y lo que importa es que en realidad te quiere ¿no?

Francine mira a Elisa con curiosidad. Algo en la forma en que sus dedos retuercen su melena oscura la está poniendo nerviosa.

-Elisa, déjate el pelo tranquilo, por Dios. ¿No me estarás diciendo que Êmile no te quiere? Pero si está loco por tí, mujer, cualquiera puede verlo. Eres la envidia de la ruta, desgraciada, todas nos morimos de celos cuando le vemos aparecer con la caja de bombones cada día de retorno. De verdad que no te entiendo.

Elisa sonríe sin gota de amargura en su rostro. Es una muchacha serena, y no parece triste ni airada al hablar como lo hace. Sólo distante.

- ¿Y si te digo que en vez de ser yo podrías ser tú?

- No te entiendo.

- ¿Te acuerdas de cuando conociste a Êmile en la fiesta de Alitalia? Tú aun no salías con Jean Luc.

- Sí. Tú tampoco salías con Êmile.

- Exacto. Tras dos meses de cenas y cines en los que se me había declarado de todas las formas posibles, le dije que definitivamente sólo éramos amigos. Poco después asistimos a los de los italianos y ahí te conoció. Estuvo coqueteando contigo toda la noche.

- Estaba borracho.

- No, no estaba borracho. Y si lo estaba entonces, no lo estaba durante las tres semanas siguientes, cuando no me dejó en paz hasta que le di tu teléfono y la agenda de tus vuelos. Y a todas horas oía hablar de tí en los mismos términos que ahora tú le oyes hablar de mí, y …

Francine se ha puesto repentinamente seria.

- Elisa, no me vengas ahora con que tienes celos de mí, porque te aseguro que no pasó nada y…

- Claro que no, encanto. Tú no tienes nada que ver. No se trata de tí. Sólo que a veces recuerdo que somos intercambiables, y que la razón por la que yo soy la mujer de su vida, el sol de su firmamento y el viento que mueve sus alas es porque tú no quisiste serlo, y la razón por la que tú tuviste la oportunidad de no querer te la di yo al no quererlo antes… A veces me pregunto cuántas mujeres entramos en el clan del repuesto.

-… Pero mira que puedes ser cínica y desagradable, hija. No estás diciendo más que tonterías…

- Sí, eso será. Termínate el café, corre, que ahí está el microbús.

Francine se pone la chaqueta y camina tras Elisa. Al cruzar la puerta del hotel, le parece que el cielo se ha vuelto más gris en sólo unos segundos.

La rueda del despropósito- distancia

Puerta de embarque 36, aeropuerto de Orly, París.

La sala de espera del aeropuerto es ya un lugar familiar. Son sólo dos horas de diferencia entre la llegada del vuelo procedente de Berlín y la salida del avión a Vilnius. El año próximo, la empresa de Marc será lo bastante próspera para permitirse un vuelo directo a Lituania. Marc piensa que quizás eche de menos la escala en Francia.

El periódico es hoy especialmente aburrido. Lo deja en la silla de al lado mientras bosteza y se sube el elástico de los calcetines. Le duele un poco la cabeza, tal vez está incubando un constipado. Ayer por la noche pasó un poco de frío. Normalmente Gretchen duerme abrazada a él, irradiando calor como una estrella. Su estrella. Pero ayer dijo no recuerda qué sobre dolores musculares, y se mantuvo en su lado de la cama.

Gretchen tiene la espalda delicada. Cada vez que tiene ensayo con el grupo de baile le ocurre igual, sobre todo los días en que Marc no está con ella para recordarle que debe
tener cuidado.

Gretchen no sólo es su amante, sino también su mejor amiga. No, no también. Sobre todo. Marc no siempre está seguro de cuál de los dos lados llega la punzada del lunes, pero apostaría por el segundo. Él ha conocido muchas amantes pero nunca ha tenido una amiga así. En una ocasión pensó que la había perdido, y se desesperó como jamás hubiera creído posible.

La megafonía murmura un discurso incomprensible y Marc busca la hora en el reloj del mostrador de embarque. Después mira el suyo y sonríe: los relojes del aeropuerto nunca están en hora. Él sólo confía en su reloj de pulsera, un artefacto antiguo y desaproporcionado que heredó de su padre y que aun necesita una mano atenta que le dé cuerda cada noche. Su valor es puramente sentimental, aunque tiene un aspecto tan peculiar que alguien podría pensar que se trata de una primera edición de Rolex. Desde luego, el tipo que atracó a Marc hace seis meses lo creyó así, y no hubo manera de convencerle de lo contrario. A Marc le traía sin cuidado la cartera, las tarjetas o el encendedor, pero le dolió de veras perder el reloj. No pensaba que estuviera tan ligado a él.

Pasó dos meses muy enfadado. Enfadado con el ladrón, enfadado con el taxi que no había aparecido a tiempo. Más que con nadie, enfadado con él mismo por estar tan trastornado. Pero tuvo suerte: la policía le llamó un día a casa y le comunicó que habían realizado una redada en el establecimiento de un perista, y que habían encontrado algo que casaba con su descripción.

Marc sabe que tuvo mucha suerte. Todos sus amigos se alegraron por él, y de vez en cuando le piden que les muestre su reloj y repita la historia de cómo lo perdió y volvió a encontrarlo. Marc les complace porque le gusta ver cómo se alegran de que él sea feliz. Pero quisiera tener las palabras para explicarles que, en realidad, nunca recuperó el reloj.
No es que el tic-tac que ahora mismo escucha proceda de un reloj falso. Es el mismo reloj que su padre le entregó la semana en que le diagnosticaron el tumor, el mismo que hacía girar todo el rato en su escuálida muñeca de adolescente la mañana del entierro. Pero ya lo perdió una vez, y no puede volver a perderlo, porque aprendió a vivir sin él y a cerrar el hueco. Si esa noche, al ir a quitárselo para dormir, no lo encontrara en su mano, lo sentiría, claro que sí. Pero no como la falta de un órgano propio, de un trozo de vida. Ya no. Si un día sintiera que su mano pesa demasiado, él mismo se desharía del reloj.

Una azafata aparece en el mostrador, y los pasajeros se colocan en fila para subir al avión. Su cabellera es tan oscura como la de Carmen, la profesora de danza. Marc recoge su maletín y rodea su muñeca izquierda con los dedos de la derecha, un gesto inconsciente y repetitivo que le proporciona serenidad y el placentero contacto del metal de la cadena. Quizás sí debería explicarle la historia completa del reloj a sus amigos. O al menos a Gretchen.

Marc piensa que es justo que Gretchen sepa que él sólo llora las pérdidas una vez.

La rueda del despropósito-trance.

Centro Sociocultural Autogestionado Ira Weiss, Berlín.

Gretchen mira la esfera de su reloj de pulsera antes de quitárselo. Son las ocho y Marc aun no ha aparecido. No es inusual: Marc termina tarde en el trabajo con frecuencia. Mientras termina de ajustarse las zapatillas de ballet, Gretchen observa a Carmen. Hoy lleva un maillot gris y una tenue falda de gasa sobre las medias oscuras. Se pasea entre los bailarines dando consejos sobre cómo colocar el calzado o ayudando a capturar un mechón de pelo rebelde con una horquilla. Cuando llega a Flavio, examina el vendaje que cubre su tobillo. Chasquea la lengua con desaprobación y comienza a colocarlo bien desde el principio. Flavio le de un beso en la nuca, y Carmen protesta riendo, pero le devuelve el beso en los labios.

Casi todo el mundo está listo, y los bailarines se dirigen al pequeño escenario de la sala Ira Weiss. En su día fue una casa okupa, con pintadas en la fachada y botes de gas lacrimógeno rompiendo los cristales antes de llenarlo todo de niebla. Hace diez años que sus ocupantes llegaron a un acuerdo con las autoridades para convertirlo en un centro cultural, donde la gente del barrio aprende pintura, macramé, informática o recibe clases de danza. Carmen es una profesora especialmente buena y en su grupo recibe a gente de todo Berlín.

Gretchen se coloca en su posición y espera a que suene la música. A su alrededor estudiantes, oficinistas bancarios, dependientes de perfumería o parados levantan la barbilla y estiran la espalda. Marc sigue sin aparecer y se va a perder otro ensayo. A Carmen no le va a gustar.

Suenan los primeros compases de “Cuadros en una exposición”, de Musorgski, y los brazos se levantan y oscilan como péndulos puestos del revés. Gretchen aspira profundamente, preparándose para su intervención. Nunca antes había sido solista, y está un poco nerviosa, pero también contenta. Siente tensión en cada uno de los músculos de sus pies, y un ligero hormigueo en el estómago, la anticipación de un momento fugaz y deseado. Y gran parte de ello se debe al baile.

El oleaje de brazos y piernas recorre el escenario una vez más, y después se detiene y la señala. Gretchen comienza a girar, primero sobre sí misma y después en círculos cada vez más amplios, acercándose al patio de butacas. Un salto, otro salto, rodar por el suelo, no olvides mantener el cuello alineado, respira. La música se detiene y Gretchen ve los largos dedos de Carmen sobre el equipo de música. No ha estado mal, pero hay que pulir algunos detalles. El pulso de Gretchen se acelera un poco más.

La directora se dirige a cada miembro del grupo y corrige una posición de pies, reprende un vicio de postura, anima al que está cansado, habla con frialdad al que no ha practicado o no se esfuerza. Llega el turno de Gretchen, y ella nota cómo enrojece ligeramente. Carmen la felicita por su trabajo, pero le señala algunos defectos.

Gretchen obedece las órdenes de Carmen y adopta la postura inicial. Carmen la observa con atención, y se acerca más. Con unas manos sorprendentemente fuertes a pesar de su pequeño tamaño, rodea la cintura de Gretchen y la guía hasta que adopta la inclinación correcta. Ahora Carmen está muy cerca, y sus miradas se encuentran. Carmen sigue hablando, pero Gretchen casi no la escucha. Siente en su nariz la mezcla de aromas de la tarima encerada, perfume, sudor. El sudor de Carmen. La maestra adopta ahora el lugar del compañero de Gretchen y pide a alguien que haga sonar la música de nuevo. Los pies de Gretchen responden antes que su cabeza, y se mueve hacia el centro, mientras las manos de Carmen la sujetan por las muñecas con fuerza y escucha su voz muy cerca de su oído dándole instrucciones y siente su aliento en el cuello…

Repentinamente sus ojos encuentran los de Flasio, o quizás es que los han buscado. Tiene el aspecto de alguien a quien se le ha despertado una úlcera de estómago, o puede que no. Gretchen es consciente de que él está ahí, pero es mucho más presente el calor de las manos de Carmen transmitiéndose a su s propias manos, y el sonido de su voz y la forma en que la mira, en que se miran…

La música se detiene, y Carmen se dirige a dar instrucciones a otro bailarín, y Gretchen sale del trance. Va a buscar su toalla y se seca el sudor del escote. Unos brazos grandes la rodean desde atrás y nota un beso en el cuello.

- Marc…

Gretchen descarga alegremente una decena de besos en la cara de Marc y le regaña por haber llegado tarde.

-Ya casi habéis acabado, no merece la pena que me cambie de ropa- dice Marc.- Esperaré a que termines de ensayar.
- No hace falta. Estoy cansada, podemos irnos ya.

Se pone el abrigo sobre la ropa de baile y le da a Marc la bolsa de deportes. En silencio, para no molestar a los demás, agita la mano hacia Flavio y Carmen para despedirse, pero no la ven. Están hablando, en realidad es Flavio quien habla y parece muy serio, y Carmen escucha sonriendo con la expresión de un adulto que oye lamentarse a un niño caprichoso.

-¿Qué les pasa a esos?- pregunta Marc.
- Vete a saber.