Hospicio de Santa Bernardita, Bogotá.
Como todos los jueves, la puerta del patio de las monjas se abre y los niños se arremolinan alrededor de los voluntarios, envolviéndolos en una algarabía de preguntas, chillidos, abrazos. Desde la ventana del despacho de la directora, Maite ve como el tumulto se descompone en pequeños grupos que se despliegan buscando un trozo de sombra; figuras bajas dando saltitos, figuras altas cargando una bolsa de dulces, un juego, pequeños regalos del jueves.
Los ojos de Maite buscan a Fran y lo encuentran. Se ha sentado bajo la araucaria grande con Tona, Benjamín e Isra junto a él. Sólo Isra parece contento. Los otros dos no tienen más de siete años, pero ya saben cuándo han perdido una carrera.
Maite percibe la sombra oscura del hábito de la directora a su espalda. No necesita volverse para saber que está observando la misma escena.
-Se marchan en dos meses ¿verdad? Nunca he visto arreglar tan rápido el papeleo, han tenido suerte.
A pesar de llevar tantos años en Colombia, la directora no ha perdido su acento sevillano. A Maite siempre le choca un poco.
-Un tío de Fran trabaja en la Embajada.- responde.- Supongo que eso habrá ayudado.
-Fíjese que me sorprendí cuando me dijo que quería adoptar a Isra. No me parecía del tipo que asume responsabilidades a largo plazo, ya sabe, aunque ha sido un voluntario excelente todo este año. Bueno, una gran noticia para todos, aunque Tona y Benjamín tendrán que acostumbrarse a la idea.
Maite mira de nuevo al grupo bajo la araucaria, intentando escrutar el rostro de Isra. Le parece que la expresión en la cara del niño es más de alivio que de alegría, pero no puede asegurarlo. Es un niño muy tranquilo. En su interior, Maite escucha el juramento más bestia que conoce, pero ni un sonido sale de su boca. Se felicita a sí misma por haberse mordido la lengua con éxito una vez más.
Cuando los niños se van a cenar, el grupo de monitores se reúne en la sala que les ceden las monjas. Hay dos chicas alemanas y tres españoles, además de Fran. Fran les da la noticia de que los trámites de la adopción están casi resueltos, y todos le dan la enhorabuena. Alguien sugiere hacer una fiesta para celebrarlo, y enseguida comienza la discusión acerca de la conveniencia o no de hacerla con todos los niños o llevar sólo a Isra.
Todos parecen entusiamados, excepto Gretchen. Maite la observa, y le parece reconocer su propia mirada. Ella también siente su mismo temor, y tampoco puede decirlo. Por primera vez, Maite no se siente mezquina.
Se acerca a ella con dos tazas de café en la mano.
-¿Quieres? Pareces cansada.
-Oh, muchas gracias, me provoca mucho un café- contesta ella en su macarrónico castellano con mezcla de acento berlinés y colombiano.- Espero que les vaya bien.
Por vigésima vez esa semana, Maite miente.
-Seguro que sí. Isra ha tenido suerte, la familia de Fran tiene mucho dinero, no le faltará de nada. Y son muy buena gente.
Es cierto que lo son. Gente acomodada y aun así, cristianos convencidos que aplaudieron la decisión de Fran de adoptar un gamín de la calle tras su “experiencia en el evangelio?, como ellos lo llaman. Padres y hermanos satisfechos y aliviados de ver cómo el pequeño de la familia ha dejado de dar tumbos y ha asumido por fin la responsabilidad de hacer algo con su vida. Maite está segura de que la fiesta en Bilbao al conocer la noticia ha sido mucho más ruidosa y feliz que cualquiera que puedan improvisar ellos en Bogotá.
Por la noche, en su cuarto, Maite intenta olvidar de una vez el asunto. Sigue dándole vueltas. Se siente culpable, porque una adopción es algo maravilloso, motivo de alegría, y ella no se alegra. Se preocupa.
Piensa en Isra, que en los cuatro años que lleva en Santa Bernardita no ha visto más adultos que las monjas y los voluntarios. Gente que les quiere y le cuida pero no en exclusiva, porque las primeras lo hacen por amor a Dios y los segundos tienen billete de vuelta y todos tienen que dividirse entre treinta y dos.
Y entonces llega Fran y monta la tríada, y Benjamín, Tona e Israel oyen a todas horas lo especiales que son y lo bonita que es España, y los tres comienzan a pensar que tienen una posibilidad de cruzar el muro de Santa Bernardita, porque en el bolsillo de este voluntario asoman dos billetes de vuelta en vez de uno. Maite se lo advirtió “no prometas cosas que no vas a cumplir?. Pero él tenía razón, no prometió nada, sólo pintó estampas y dejó soñar.
Isra ganó el concurso, aunque Maite desconfíe de qué le deparará esa victoria. Cree que es un buen chico, que merece algo mejor.
No tiene dudas acerca de la recompensa de Fran, desde luego. Su familia le respeta por primera vez y está dispuesta a dejarle en paz, regalarle un piso, darle una asignación para redondear el sueldo. Lo que sea a cambio de la satisfacción de verle emprendiendo el camino de preocuparse por alguien que no sea él mismo. “El chico ha sentado la cabeza”.
Maite se da la vuelta en la cama y estira la sábana, que se ha arrugado por la parte de los pies. Tal vez no sea un mal acuerdo, después de todo. Ambos se benefician ¿no?. Isra tendrá juguetes, irá al colegio, tendrá unos abuelos que le adoren. ¿Qué tiene eso de malo?
Nada, no tiene nada de malo. Es lo que Isra quiere, es lo que quiere Fran. Caray, arreglos más raros ha visto ella, y salieron. Pero es que una adopción debería ser otra cosa. Metes a un niño en tu vida porque quieres ser su padre para el resto de tu vida, porque necesitas esa sensación de cuidar de quien amas. No lo haces buscando el alivio de saber que tu familia ya no está decepcionada. No lo haces porque necesitas un pasaporte para escapar de ti mismo.
Pero eso no es asunto suyo, al fin y al cabo. Ella no es quien para meterse. Mejor cruzar los dedos y dejarlo estar. Maite cierra los ojos.
Diez minutos después, golpea con furia el interruptor de la luz y se pone en pie. Levanta la pantalla del portátil, abre el procesador de texto. Escribe.
Hospital de Mao-Fu, Beijing.