T.S.N.R. Primera parte (o por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo)
Yo, que pasé la adolescencia pensando que era poco menos que un miembro de la orden carmelitana descubrí, con el paso del tiempo y las conversaciones con los amigos, que el grupo con el que había pasado mi “teenage” era bastante deshinibido en cuestiones de sexo.
Eso no significa, en modo alguno, que estuviéramos mejor informados o que nos comiéramos menos la cabeza con las dudas comunes a todos los chicos y chicas de quince a dieciocho años, pero sí que teníamos una ventaja. En un segundo plano, subyacía la idea de que el deseo sexual era algo válido en sí mismo, y que no tenía que estar necesariamente ligado al romanticismo.
La traducción de esta frase tan enrevesada no es que la gente no se enamorara sino que, en algunas ocasiones, era consciente de que lo que sentía no era amor, sino un subidón hormonal. Lo cual no evitaba siempre que hiciéramos el ridículo, por supuesto, pero sí que a nuestros semejantes les dieran arcadas ante los intentos de disfrazar nuestros impulsos con la melaza de un sentimiento “más noble”, indeseable costumbre mucho más arraigada en las chicas, según mi estudio de campo personal.
Ilustremos el asunto con un ejemplo:
Carmencita, que hasta hace dos días era víctima de un amor sin esperanzas hacia Francisco José, miembro de la cuadrilla habitual, se va de viaje con la asociación de senderistas de la localidad. Allí coincide con Héctor, que será más bruto que un arado pero que gasta unos bíceps que le desgarran la camiseta, aparte de una gran habilidad para recostarse en cualquier pared cercana en la pose adecuada para que destaquen.
Carmencita, entonces, se dedica a atormentar a la ocupante de la litera inferior con sus recién nacidos afectos hacia el menda, a dibujar corazoncitos en las servilletas de la cafetería y a generar una estrategia de acoso y derribo de la presa, basada fundamentalmente en poner cara de boba y sentarse sobre él cada vez que tiene ocasión.
Concedemos a Carmencita 48 horas de indulgencia para que reordene sus pensamientos y su laboratorio químico. Tras ese plazo, comprobamos, con gran desilusión, que la moza no ha cambiado de actitud. Ha cambiado de objetivo.
Porque en esos dos días Marco, el traductor, ha hecho su aparición estelar. Y Marco no sólo tiene una sonrisa cuasiperfecta, sino que además es capaz de sonarse la nariz con algo diferente de la toalla del baño (de bíceps tampoco anda mal). Un análisis más atento de la situación permite averiguar que Marco ha desplazado a Héctor como butaca favorita gracias, además, a Vicky, que ha sido más rápida y se ha llevado a Héctor al huerto con mayor rapidez.
Esa noche, la ocupante de la litera inferior vuelve a sufrir la misma lastimera canción acerca de los profundos sentimientos amorosos de Carmencita, aliñados con un sorprendente “es que nos entendemos tan bien…” (sorprendente porque Marco no habla español, sólo traduce del alemán al inglés y Carmencita no entiende ni papa de inglés y no digamos de alemán).
Si a Carmencita le dan el tiempo suficiente, experimentará amor verdadero por nueve tíos diferentes de forma sucesiva, con lapsos de menos de 15 horas. Como consecuencia, la ocupante de la litera inferior sufrirá de violentas contracciones intestinales que la harán salir corriendo al baño un par de veces por noche.
Y todo porque Carmencita es incapaz de asumir y/o reconocer en público que le importan un rábano Héctor o Marco, y que lo que persigue en realidad es averiguar si esos músculos son tan apetecibles al tacto como a la vista. ***
(*** Nota aclaratoria: El fenómeno puede ser aun más complicado si lo que únicamente quiere es ser vista agarradita a los bíceps en público como forma de aumentar su valoración social y autoestima, pero ése tema será tratado con más profundidad en otro capítulo).
En la época en que esta acción se desarrolla Carmencita tiene diecisiete añitos, y uno puede pensar que el tiempo le aclarará las ideas. Es posible que sí, es posible que no.
Desafortunadamente, el mundo está lleno de Carmencitas de veinte, treinta, cuarenta años y más incapaces aun de aceptar que el deseo sexual sin más no es una emoción reprobable. Carmencitos hay muchos menos, ya que los hombres son educados en la idea de que no sólo es aceptable sino exigible en un varón el entregarse a sus hormonas.
Este ejemplo sirve como introducción al estudio de la T.S.N.R., o Tensión Sexual No Resuelta, y sus posibles consecuencias.En el próximo capítulo analizaremos la T.S.N.R. desde el punto de vista de la adicción al romance.