Debería sentirme feliz, y a veces me siento muy feliz. Otras veces no. No conduzco yo, no tengo el control de lo que sucede y aun así he decidido continuar este viaje. La sensación es desconcertante, y no me gusta el desconcierto. Miro a sus ojos y soy feliz y confío, pero sus ojos en mi mente no siempre muestran lo que quiero ver. Sin embargo, el tipo de mi cabeza que es capaz de mirar desde fuera, ése que habla y observa en tercera persona, dice que el balance es excelente. Será una cuestión de costumbre. No necesito que me confirmen cada quince minutos que las cosas son muy parecidas a como quiero que sean, pero sí lo necesito ahora. Cada quince minutos. Cada diez. Cada cinco. Qué puedes hacer cuando sospechas que el auditor no tiene seguras sus propias cuentas, cuando temes que la tranquilidad que te da en realidad se la da el mismo. Qué hacer cuando das otra vuelta de tuerca y la parte más sabia de ti te dice que, en el fondo, las cosas son exactamente como quieres que sean, y que lo que te preocupa es sólo un espejismo. Cómo convencerte a tí mismo de que tienes razón, cuando sabes que la tienes pero esa certeza no es capaz de recorrer las últimas tuberías de tu corazón.